Entre el carisma y la democracia: el riesgo de decidir solo por la imagen.

Este artículo fue publicado originalmente en La República. En él reflexiono sobre los riesgos de reducir la política a la lógica del carisma y la imagen, dejando de lado el análisis de propuestas y la deliberación democrática.

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La comunicación no verbal se ha convertido en un actor silencioso pero decisivo en los procesos electorales. Comprender su impacto no es un ejercicio académico accesorio, sino una herramienta clave para fortalecer la calidad del voto y la salud democrática.


La investigación contemporánea en comunicación ha demostrado de forma consistente que una parte sustantiva de nuestras decisiones no se procesa exclusivamente en el plano racional. El ser humano evalúa, interpreta y reacciona primero desde registros emocionales, intuitivos y simbólicos, y sólo después elabora una justificación cognitiva de esas percepciones. La comunicación no verbal —posturas, gestos, mirada, ritmo corporal, manejo del espacio, vestimenta, tono y coherencia expresiva— actúa como un sistema de lectura rápida de intenciones, credibilidad y liderazgo.

No es posible comprender el comportamiento político ni la interacción social sin atender este plano. El cuerpo comunica antes que el discurso, y muchas veces revela con mayor fidelidad las convicciones, las tensiones internas y el grado de coherencia de una persona que sus propias palabras. De ahí que los estudios sobre liderazgo, persuasión y credibilidad incorporen cada vez más el análisis kinésico, proxémico y paralingüístico como variables centrales.

A este fenómeno se suma una debilidad del actual panorama electoral en Costa Rica: en su mayoría, las personas candidatas presentan un manejo limitado de su comunicación no verbal. Se observan inconsistencias entre discurso y gesto, rigidez corporal, falta de dominio del espacio, tensión expresiva y escasa capacidad de conexión simbólica con la audiencia. Esta precariedad expresiva no solo empobrece la calidad del debate público, sino que dificulta que la esencia de cada candidatura —su identidad política, su visión de país y la coherencia de sus propuestas— logre ser comprendida de manera clara por la ciudadanía. En este contexto, cualquier figura que exhiba mayor solvencia comunicacional adquiere una ventaja comparativa inmediata, aun antes de que el electorado haya podido procesar racionalmente los contenidos programáticos.

En contextos electorales, este fenómeno se intensifica. El electorado no solo escucha propuestas: observa seguridad, congruencia, dominio del espacio público, control emocional y capacidad de conexión simbólica con la audiencia. Cuando los liderazgos políticos muestran debilidades en este terreno, se genera un vacío que puede ser rápidamente ocupado por quien proyecte mayor solvencia expresiva, aun cuando su plataforma programática no haya sido profundamente evaluada por el público.

La historia política costarricense ofrece ejemplos claros de este comportamiento. En el pasado circuló el argumento del “voto por guapo”, asociado —con justicia o sin ella— a figuras como Rodrigo Carazo en la contienda de finales de los años setenta. Más allá de cualquier valoración posterior sobre su gestión, el fenómeno revela un dato estructural: la imagen, el porte y la presencia escénica influyen en la percepción de liderazgo.

Algo similar comienza a observarse en el actual proceso electoral, particularmente tras el reciente debate organizado por el Tribunal Supremo de Elecciones. El desempeño de José Aguilar Berrocal, candidato de AVANZA, generó una reacción positiva en amplios sectores, no tanto por la profundidad técnica de sus planteamientos —que corresponde evaluar con detenimiento— sino por una serie de señales no verbales: una expresión corporal relajada pero firme, adecuada gestión del contacto visual, coherencia entre gesto y palabra, manejo ordenado de accesorios e imagen personal, así como una sensación general de frescura y control escénico en los primeros momentos de exposición pública.

Estos elementos construyen una narrativa silenciosa de seguridad, accesibilidad y liderazgo incipiente. El riesgo aparece cuando esa narrativa corporal sustituye el análisis de fondo. Conviene recordar que la comunicación no verbal no define la calidad de un proyecto político; simplemente funciona como un vehículo que facilita o dificulta la recepción del mensaje. El carisma expresivo no equivale necesariamente a solvencia programática, capacidad de gestión o consistencia ética.

Al mismo tiempo, sería un error interpretar este fenómeno de manera simplista o descalificadora. Una buena comunicación no verbal no es manipulación en sí misma; es una competencia legítima dentro del ejercicio público. El punto crítico es el lugar que la ciudadanía le asigna en su proceso de decisión. Cuando el cuerpo del candidato pesa más que sus ideas, la democracia entra en una zona de superficialidad peligrosa.

Por ello, en una elección particularmente sensible para la institucionalidad democrática costarricense, resulta indispensable ejercer un voto informado, deliberado y responsable. La invitación no es a desestimar la percepción intuitiva —porque forma parte natural de la conocimiento humano — sino a equilibrarse con lectura, contraste de propuestas, análisis de trayectoria, consistencia ideológica y viabilidad de políticas públicas. Superar la pereza informativa es hoy una forma concreta de ciudadanía activa.

A ello se suma una dimensión que no puede quedar fuera del análisis ciudadano: la necesidad de construir una visión clara del país que se desea proyectar en el mediano y largo plazo. El ejercicio del voto no se agota en la simpatía o en la eficacia comunicacional de una candidatura individual, sino que debe incorporar una lectura anticipatoria del escenario político posterior a la primera ronda electoral. Resulta indispensable preguntarse cómo podrían configurarse eventuales alianzas en una segunda ronda, cómo se reordenaría el ajedrez político, qué actores tenderían a converger, bajo qué intereses, con qué costos institucionales y con qué impactos sobre la gobernabilidad, la agenda pública y la calidad democrática. Votar sin esta perspectiva estratégica equivale a delegar a otros la arquitectura real del poder que terminará tomando decisiones en nombre del país.

La comunicación no verbal nos muestra quién parece liderar; el análisis racional debe ayudarnos a decidir quién debe hacerlo. Cuando ambos planos dialogan, la democracia se fortalece. Cuando uno sustituye al otro, el riesgo no es solo electoral: es cultural e institucional.

https://www.larepublica.net/noticia/entre-el-carisma-y-la-democracia-el-riesgo-de-decidir-solo-por-la-imagen?

Sobre el autor

Carlos Quesada es politólogo y estratega en comunicación con más de 30 años de experiencia en comunicación institucional, diplomacia pública y estrategia de posicionamiento. Es director de Intuitiva Comunicaciones, firma especializada en comunicación estratégica, imagen pública y relaciones institucionales en Costa Rica.

Ha trabajado en organismos internacionales como la Delegación de la Unión Europea en Costa Rica, la Embajada de Estados Unidos y la Fundación Arias para la Paz.

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