Elecciones 2026: del debate democrático a la confrontación permanente.
Este artículo fue publicado originalmente en Diario Extra. En él reflexiono sobre cómo el clima de confrontación permanente está desplazando el debate democrático y empobreciendo la discusión política en el contexto electoral costarricense.
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Costa Rica entra en la recta final de la campaña electoral 2026. Elegiremos a quien ejercerá la Presidencia de la República y a una nueva Asamblea Legislativa. Sin embargo, estas no son unas elecciones normales. Por primera vez, la confrontación política sistemática, el matonismo discursivo y la deslegitimación abierta de la institucionalidad democrática se han convertido en factores centrales de la competencia electoral. Esto vuelve el proceso especialmente delicado y exige de la ciudadanía una reflexión profunda sobre el sentido y las consecuencias de su voto.
En este escenario, la comunicación no es un accesorio: es el terreno donde se construyen las percepciones, los liderazgos y los climas sociales. Una comunicación política bien articulada permite traducir propuestas complejas en mensajes comprensibles y coherentes para públicos diversos, sin traicionar la esencia del proyecto político ni del liderazgo que lo encarna.
Desde esa relación entre comunicación y poder, el actual ciclo político resulta especialmente ilustrativo. Durante estos cuatro años, el gobierno del presidente Rodrigo Chaves ha impulsado una estrategia marcada por la confrontación permanente con múltiples sectores —instituciones, prensa, academia, organizaciones civiles y actores políticos—, utilizando la polarización y la creación de antagonismos como eje central de movilización. Esta lógica ha desplazado el debate sobre propuestas y soluciones, sustituyendo la gestión por el conflicto y el espectáculo.
Esa confrontación tampoco se ha limitado al plano retórico. Se ha traducido en choques constantes con los sistemas de control y fiscalización y en una campaña sostenida de deslegitimación de la prensa. El resultado ha sido una erosión de la credibilidad institucional y un debilitamiento de los contrapesos democráticos, con efectos directos sobre la calidad del debate público.
Este clima ha tenido también consecuencias sociales. La creciente agresividad en redes y espacios públicos, impulsada por seguidores oficialistas que replican la lógica confrontativa de su liderazgo, ha generado temor en muchas personas para expresarse libremente. La discusión política se ha vuelto, para muchos, un terreno hostil.
Al mismo tiempo, esta forma de comunicación irrumpió en un sistema político que no estaba acostumbrado a una lógica tan agresiva y deslegitimadora. La oposición, formada en marcos de confrontación más regulados por códigos democráticos compartidos, no supo inicialmente cómo leer ni cómo responder a esta dinámica.
Sin embargo, esa práctica comenzó a mostrar fisuras recientemente. Durante la campaña se había reproducido con bastante eficacia el estilo confrontativo del presidente. Pero el debate del Tribunal Supremo de Elecciones marcó un punto de inflexión. La candidata oficialista intentó emular esa lógica —frases confrontativas, escasa argumentación y una actitud corporal agresiva— sin lograr el mismo efecto. La estrategia no funcionó y evidenció las limitaciones de trasladar automáticamente un estilo de liderazgo a otro contexto.
Ese reordenamiento volvió a confirmarse en el debate de Radio Columbia y la Universidad Latina. En términos generales, las candidaturas de Claudia Dobles, Ariel Robles y Álvaro Ramos mostraron solidez en el manejo del intercambio, claridad expositiva y capacidad para expresar ideas y propuestas de manera estructurada. Hubo matices, por supuesto: José Aguilar continúa apoyándose principalmente en su presencia escénica como principal capital comunicacional, aunque sin lograr traducirla plenamente en profundidad programática; y Fabricio Alvarado enfrentó con firmeza los cuestionamientos planteados por la candidata oficialista. En contraste, volvió a hacerse evidente la dificultad de Laura Fernández para articular propuestas y sostener una argumentación consistente.
Ambos debates, además, reivindican el valor del propio ejercicio democrático del debate como herramienta para contrastar liderazgos, evidenciar madurez política y permitir a la ciudadanía evaluar capacidades reales para gobernar.
A partir de estos episodios, muchas personas han comenzado a perder el temor a expresarse. Se percibe un “envalentonamiento” ciudadano: el ciudadano de a pie empieza a decir basta y a recuperar su voz. En un país donde las elecciones solían vivirse como una fiesta cívica, hoy transitamos hacia un escenario de temor electoral, donde opinar puede implicar exponerse a ataques o intimidaciones.
Este cambio de clima obliga a leer con cautela las encuestas. Cuando el miedo condiciona la expresión pública, los números pueden no reflejar con precisión el ánimo real del electorado. Tal vez no estemos solo frente a una lucha por el segundo lugar; quizá estemos interpretando de manera incompleta un momento social más volátil de lo que parece.
Estas elecciones confirman que la comunicación no solo acompaña a la política: la configura. Y cuando una democracia pasa de la fiesta electoral al temor electoral, la responsabilidad ciudadana de reflexionar el voto se convierte en un acto de defensa del propio sistema democrático.





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